The Jester Race - Lp Feb 1996

Review - FW 141 - 2026

Ep - The Jester Race

By In Flames  Feb 20 th 1996

Country -  Sweden     Note : 10.00


IN FLAMES – THE JESTER RACE

Treinta años de un clásico que todavía obliga a prestar atención

No soy un oyente habitual de In Flames. De hecho, cada tanto me encuentro escuchando alguno de sus discos casi por casualidad y termino llegando siempre a la misma conclusión: debería escuchar más seguido a esta banda.

Me pasó recientemente con uno de sus trabajos más nuevos y ahora vuelve a suceder con The Jester Race. La diferencia es que esta vez estamos hablando de un disco que tiene treinta años encima y que, más allá de su importancia histórica, todavía consigue algo mucho más difícil: sorprender.

Para entender lo que significó The Jester Race hay que volver a la Suecia de mediados de los noventa. El death metal escandinavo estaba atravesando una etapa de enorme creatividad y desde Gotemburgo comenzaba a tomar forma una variante que pronto sería conocida como melodic death metal. In Flames compartía ese territorio con nombres como At the Gates y Dark Tranquillity, aunque cada banda estaba buscando su propia manera de combinar brutalidad y melodía.

In Flames ya había publicado Lunar Strain en 1994, pero The Jester Race representó un salto enorme. Jesper Strömblad, Glenn Ljungström y Johan Larsson incorporaron a Anders Fridén en las voces y a Björn Gelotte en batería, y el resultado fue un disco donde las guitarras pasaron definitivamente al centro de la escena.

Y ahí está, probablemente, la primera gran virtud del álbum.

The Jester Race no utiliza la melodía como un descanso entre riffs agresivos. La melodía es parte de la agresividad. Las guitarras gemelas construyen armonías, contrapuntos y líneas que podrían pertenecer perfectamente al heavy metal tradicional, pero aparecen insertadas dentro de una estructura de death metal, con afinaciones graves, baterías veloces y las voces ásperas de Fridén.

La combinación resulta mucho más natural de lo que podría parecer sobre el papel.

“Moonshield” es una manera extraordinaria de presentar ese concepto. La canción comienza con una atmósfera casi medieval, guitarras acústicas y melodías que inmediatamente establecen un clima, antes de que la banda entre en acción. “Artifacts of the Black Rain” lleva esa misma idea hacia un terreno más directo, mientras que “Lord Hypnos” y “Dead Eternity” muestran cuánto podía hacer la banda con riffs pesados sin renunciar jamás a la construcción melódica.

Y después está “The Jester Race”, probablemente uno de los mejores ejemplos de lo que In Flames estaba intentando conseguir: una canción agresiva, compleja y técnicamente exigente, pero que nunca pierde de vista la composición.

Eso es importante porque The Jester Race puede ser un disco técnicamente impresionante sin sentirse como una demostración de virtuosismo. Las guitarras de Strömblad y Ljungström tienen muchísimo trabajo detrás, pero rara vez parecen estar tocando para demostrar que pueden hacerlo. La técnica está subordinada a las canciones.

Incluso cuando aparece “December Flower”, con Fredrik Johansson ocupándose de la guitarra solista, el virtuosismo no rompe el equilibrio del álbum.

También hay una sensibilidad muy particular en la manera en que In Flames utiliza los contrastes. Los riffs pueden ser pesados y veloces, pero enseguida aparece una guitarra limpia, una melodía acústica o un pasaje instrumental que modifica completamente el clima. “The Jester's Dance” y “Wayfaerer” son ejemplos claros de esa búsqueda, y esta última incluso se permite ser luminosa en medio de un disco que, en términos generales, tiene una atmósfera bastante oscura.

Treinta años después, algunas cosas inevitablemente muestran su edad.

La producción de The Jester Race pertenece a otra época. Fue grabado en Studio Fredman, en Gotemburgo, en noviembre de 1995, y su sonido está muy lejos de la contundencia y definición de las producciones modernas.

Pero sería injusto tratar esa característica únicamente como una debilidad. Hay algo casi físico en esa producción: las guitarras no están tan separadas del resto de los instrumentos, la batería conserva cierta aspereza y el conjunto tiene una crudeza que hoy resulta difícil de reproducir sin que parezca una decisión estética.

Tampoco creo que las diez canciones tengan exactamente el mismo nivel de impacto. El álbum puede perder algo de fuerza en determinados momentos y algunas estructuras pueden sentirse menos inmediatas para quien llega a él desde el metal contemporáneo. Pero esa pequeña irregularidad también forma parte de la experiencia de escuchar un disco de 1996, cuando muchas de las fórmulas que después se convertirían en lugares comunes todavía estaban siendo exploradas. La propia crítica especializada ha destacado precisamente el equilibrio entre agresividad, melodía y arreglos como uno de los grandes logros del álbum.

Y quizás ahí está el aspecto más interesante de revisitarlo treinta años después.

Hoy escuchamos con absoluta normalidad guitarras melódicas sobre riffs extremos. Es difícil imaginar cuánto de ese lenguaje se convirtió posteriormente en una fórmula utilizada por innumerables bandas. Pero The Jester Race fue uno de los discos que ayudaron a establecer ese idioma.

Nuclear Blast lo considera el punto en el que se cristalizaron por primera vez muchas de las características que terminarían definiendo el sonido de In Flames: guitarras melódicas, riffs aplastantes, velocidad y los primeros indicios de esos coros más pegadizos que aparecerían con mayor fuerza en los años siguientes.

Y basta mirar lo que ocurrió después para entender su importancia. Whoracle llegaría en 1997, Colony en 1999 y Clayman en 2000, mientras In Flames se convertía progresivamente en una de las bandas más importantes del metal melódico.

Pero escuchar The Jester Race solamente como el antepasado de todo lo que vino después sería reducirlo demasiado.

Porque lo que más me llamó la atención al volver a escucharlo no fue su importancia histórica. Fue la calidad de la banda.

Y eso es algo que me viene sucediendo con In Flames. No importa que no sea una banda que tenga incorporada a mi escucha cotidiana: cuando finalmente me siento frente a uno de sus discos, encuentro músicos que saben exactamente qué hacer con cada instrumento. Hay ideas, hay arreglos, hay dinámica y, sobre todo, hay canciones.

Treinta años después, The Jester Race sigue sonando como un disco que sabe exactamente hacia dónde quiere ir.

Quizás esa sea la mejor manera de medir la vigencia de un clásico. No preguntarse cuántas bandas lo copiaron ni cuántos músicos lo consideran una influencia, sino ponerlo a sonar hoy y descubrir que todavía tiene algo que decir.

En mi caso, volvió a dejarme la misma sensación que aquel In Flames más reciente: debería escuchar más seguido a esta banda.

Y probablemente esa sea una razón bastante más válida que cualquier etiqueta para volver a poner el disco.

 

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